No encuentro sentido a recorrer este camino de transformación sin reconocer que a veces duele.
Mirar al pasado y nombrar lo que nos hirió, duele.
Tener conversaciones incómodas con personas a las que queremos, estén vivas o hayan fallecido, duele.
Poner distancia a situaciones y relaciones que nos dañan, duele.
Sentirnos incapaces de cambiar lo que sabemos que no funciona, duele.
Vernos atrapados entre nuestro pasado, las creencias que llevan una vida acompañándote, las emociones no expresadas y almacenadas en nuestro sistema nervioso…, y nuestro presente, con todo lo que nos gustaría conseguir, frustra y duele.
Y si tanto duele ¿por qué seguimos?
Porque sentimos en lo más profundo de nuestro ser que lo que se normalizó, lo que no se nombró, lo que se ocultó o silenció… sigue en nosotros en forma de herida.
Y esa herida se reabre en la crianza o en cualquier otro contexto de relación humana, con la pareja, en el trabajo… y por fin nos hemos hecho conscientes.
Estamos en el camino de sanar, no de culpar. Ahora, como adultos somos los responsables de nuestras acciones.
Afrontamos nuestra historia, la de nuestra familia y la de la sociedad en la que crecimos, e intentamos ordenar y comprender para no repetir lo que nos dañó profundamente, lo que nos condicionó y lo que nos limita a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás desde un lugar más respetuoso.
En días en los que nos sentimos abatidos y superados, me diría y te diría que paremos para descansar, que seamos valientes para retomar, humildes para reconocer que nos equivocamos igual que les pasó a quienes nos precedieron y que sigamos cultivando la compasión una vez hayamos tomado conciencia y sacado a la luz lo que estaba oculto en nuestro inconsciente y tanto nos dolía. La verdad trae paz interior🙏❤